El cebadero de una finca ovina de 700 hectáreas en el Parque Natural Tajo Internacional, escenario para un evento familiar

La semana pasada se planteó un buen reto: convertir un antiguo cebadero de corderos en Extremadura de 1940 (todavía en uso), en un espacio festivo para acoger un evento familiar con un centenar de invitados: 75 adultos y 25 niños y niñas.

En realidad, la necesidad (que es la madre del ingenio) provocó que este evento, programado para el 30 de abril en los jardines de una maravillosa finca de 700 hectáreas en la zona del Parque Natural Tajo Internacional (entre los municipios cacereños de Alcántara, Brozas y Membrío, en la comarca de la Sierra de San Pedro), tuviera que desplazarse finalmente a un lugar techado. La razón: las inclemencias meteorológicas fueron peores de lo que se preveía; mucho viento y agua. Pero nadie quería perderse el encuentro.

Sobre todo porque los invitados, que llegaron de distintos puntos de la geografía española, ya habían programado esa cita con bastante antelación, en un fin de semana largo (puente festivo en todo el país). Por lo que trasladar la fecha del evento, sencillamente, no era una opción.

Finalmente, desde Espacio Nómada se ideó la posibilidad de ubicar el festejo en una nave agrícola de la propia finca: el cebadero. Y a la familia le pareció una buena idea. Un espacio por donde han pasado miles de corderos y que en 48 horas debía estar listo para acoger un evento distendido, cálido y familiar. Un evento (casi) improvisado, que facilitara captar imágenes especiales e inmortalizar recuerdos.

De la necesidad, surgió la opción de ubicar el evento en una ubicación más singular pero, sin duda, más arriesgada. Y en el proceso había que mantener la fuerza de la localización y el entorno, que ya de por sí ofrecía un valor añadido. El espacio verde de la finca, rodeado de cientos de hectáreas de naturaleza quedaría más reducido con esta opción. Y por eso, no se podía perder la sensación experiencial de estar en el campo, aunque fuese bajo techo.

Y esa experiencia de comer en una galería ganadera acondicionada para la ocasión, rodeado de la biodiversidad que emana el parque, debía imprimirse en la memoria de los participantes y disfrutarse como algo singular.

Convertir una nave típica de los años 40 (en uso para animales) en un lugar acogedor, sin perder la esencia del espacio y su entorno rural no es tarea sencilla; y ese era el reto. Para ello, se siguió la estética y el aparejo de la zona, y sacar el máximo rendimiento a la estructura: galería rectangular con paredes encaladas, arcos de ladrillo visto, techo a dos aguas y una habitación lanera que se acondicionó para acoger las necesidades del servicio de catering.

Se generaron cuatro espacios: el patio de entrada al cebadero, la galería (con zona infantil), la habitación lanera y la zona de parking (debidamente señalizada para la ocasión). Se eligieron los colores rojo y blanco para generar una dinámica que casara con el entorno campestre.

En el patio empedrado se ubicaron plantas como geranios (rojos y blancos), petunias (rojas y blancas), helechos y pilistra (o aspidistra). Los comederos se sacaron al patio y se vistieron con sacos de yute (los típicos sacos utilizados para el almacenaje de jardinería, huerto, cultivo…) y plantas. El patio debía quedar acogedor pero despejado, para que (siempre que el mal tiempo lo permitiera) salir a disfrutar del impresionante entorno, en este peculiar tramo que configura la frontera natural entre España y Portugal, en la parte oeste de Extremadura.

Después de que se limpiara a conciencia toda la nave central, se procedió a realzar el encalado de las paredes y a hacer una cama de paja limpia por todo el suelo de la galería.

La paja también sirvió para rellenar sacos de yute a modo de decoración, y se trasladaron las pacas de paja de dos metros (que estaban en la propia finca) para realizar una escalera, que sirvió como espacio lúdico para los niños y niñas; y donde también se ubicó un photocall infantil, que se convirtió en un pequeño parque temático para los menores.

Unas damajuanas en color verde oliva (que en casi cualquier ambiente resultan un foco de atención) y manteles con estampado vichy y loza portuguesa (guiño imprescindible en esta zona de la Raya) terminaron de poner el punto y final al ambiente rústico y hogareño, que invitaba a la celebración.

En cuanto al espacio de la lanera, se limpió y se habilitó para que el catering elegido confeccionara allí sus guisos. Degustación de arroces, gazpacho, un bodegón de quesos e ibéricos extremeños… Y, por supuesto, no faltó el cordero en el menú. De la propia finca, macerados la noche anterior y asados en directo, para disfrute de los invitados. Tampoco se olvidó la familia (en parte, de origen alemán) de incluir en el menú el típico Bratwurst de Bremen.

Al día siguiente, todo volvió a la normalidad en este cebadero ovino del siglo pasado, donde el cordero extremeño ocupa un lugar privilegiado.

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